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La crisis del melodrama

Por Martha Bossio, libretista y crítica de TV.
Publicado en la Revista Cambio, Octubre 9, 2007


Las telenovelas ya no son la voz del pueblo, son las esclavas del 'señor rating'.

¿Cuál es el poder de las telenovelas? ¿Por qué son adictivas? ¿Qué misteriosa razón hace que sigamos con tanto interés la vida de seres que ni existen? La respuesta cabe en una sola palabra: melodrama. Y es que la auténtica telenovela siempre va de la mano de éste sub-género narrativo cuyas características adictivas son parte de su morfología interna, pues están directamente relacionadas con las necesidades, sentimientos y aspiraciones básicas del ser humano.

El melodrama nace en el siglo XVII en las plazas de mercado de las capitales europeas, entre pescados medio descompuestos y vendedores de barrio, olor a pueblo, tufo de borracho y aplauso del limosnero. Esto, lejos de ser una vergüenza, constituye su verdadera fuerza estructural; por su naturaleza popular es un formato con capacidad innata para retratar las angustias, anhelos y alegrías de la gente que representa. Puede contar sin equivocarse la verdadera historia de los pueblos, en primera persona, protagonizada por héroes y rufianes creíbles, por mujerzuelas y doncellas de carne y hueso, historias despreciadas por la pluma del historiador, tan dado a encadenar su visión con enfoques políticos.

Primero fue la ópera escrita para ser representada en el teatro ante un público culto. Luego vino la opereta, pues el pueblo al sentirse marginado decidió armar su propio espectáculo. Los comediantes, como se llamaba despectivamente a los actores, empiezan a prodigarse en tarimas de barrio, ferias y plazas para representar de cualquier manera textos de autores importantes. El populacho asiste sin ningún respeto, come, bebe, grita, chifla y hasta se emborracha durante el espectáculo. Los autores, ofendidos, prohiben los diálogos para defender sus textos.

La consecuencia es la exageración... Buscan formas de llamar la atención: decorados, vestuario, máscaras, letreros, carcajadas, juegos ópticos y mecánicos, danzas, pantomimas... Todo para producir miedo, entusiasmo, lástima y risa. Exageración intencional cuyo resultado es el melodrama (música y tragedia). Al fusionarse, estos elementos estimulan el sentimiento, exaltan las pasiones, inhiben la razón y producen lo que algunos estudiosos llaman "efecto catártico". Un efecto que, a su vez, resulta adictivo. "Demasiado interesante para seguirlo despreciando", debieron pensar los literatos de la época. Nombres como Zolá, Flaubert, Balzac se apropian entonces del formato, le dan un barniz cultural y escriben historias por entregas que publican en los diarios con gran éxito. Son historias pobladas de hijos abandonados, mujeres preñadas a la fuerza, poderosos que abusan de los débiles, secretos guardados con celo, fortunas robadas por villanos a viudas y huérfanos... En reemplazo de máscaras, carcajadas y juegos ópticos ahora están las pasiones exaltadas, los sentimientos al rojo vivo, las luchas desiguales por el amor, el poder y el dinero.

Las historias de los seres del común cobran importancia. Y es que hubo una época en que sólo se representaba la vida de los reyes, príncipes, princesas... ¿Un criado? Sólo si era sirviente de un rey. La vida de un campesino, de una doméstica o un mendigo, ¿a quién podía interesar? ¿Quién pagaría para ver existencias miserables? Sólo las grandes epopeyas eran dignas de ser relatadas. Triunfa el melodrama en el formato de folletín porque demuestra que la gente quiere saber más de sí misma que de sus gobernantes, porque logra convertirse en espejo de la sociedad. Triunfa porque encaja en el teatro, en la literatura, en la radio y en el cine. Le faltaba conocer la televisión.

Cambio de estrato Cuando la televisión y el melodrama se encuentran, cupido dispara sus flechas. Es amor a primera vista y como en las grandes historias del género engendran una hija: la telenovela. Altiva, caprichosa y hasta rebelde, más de una vez reniega de su padre el melodrama pero, para bien o para mal, su arribismo cultural le demuestra que él es la razón de su existencia.

Con la televisión, el melodrama cambia de estrato. Vuelve a nacer pero en medio de los verdes pergaminos de un poderoso sector económico: las cadenas de televisión, que lo someten a la tiranía del rating. El melodrama ya no actúa como la voz del pueblo, sino que le vende a las masas, en forma de sueños, valores cómodos para el sistema. Y aunque conserva las cualidades que lo hacen popular, deja de ser subversivo, fabrica ilusiones para distraer los sufrimientos de sus seguidores.

Despojado el texto de arandelas, el verdadero mensaje es: mujer pobre que vive en un sistema de pobres y ricos tiene dos maneras de subsistir: someterse con resignación al sistema o utilizar sus cualidades naturales para conquistar a un hombre rico que le permita saltar del escalón de los pobres al de los ricos.

De esta manera, se pierde el efecto colectivo de lucha por la clase social. Ahora lo que importa es el YO: que "yo" logre salir de la pobreza, que "yo" logre mejorar el nivel de vida, que "yo" logre subir en la escala social. Es la simplificación del melodrama que pasa de ser un medio de expresión social a convertirse en medio de expresión comercial.

El modelo se acepta incluso hasta el día de hoy. Betty, la fea y muchas otras telenovelas lo confirman. Tienen los elementos del melodrama -odios irreconciliables entre clases sociales, personajes malos hasta el desprecio o buenos hasta el sacrificio, la venganza de un protagonista que quiere reivindicar a su familia...- y logran el objetivo de la sintonía, que es el objetivo del sistema. Pero no logran el propósito del melodrama popular: la denuncia.

En este sentido, en lugar de dar un paso adelante, han dado un paso atrás. Pero la naturaleza subversiva del melodrama es tal, que en cualquier momento podría sorprendernos. La pelea es desigual, puede más el sistema que la lucha contra el sistema. Para que el melodrama recupere su papel de medio de denuncia, tendría que surgir un movimiento de escritores nuevos, comprometidos, serios, interesados en el tema que, apoyándose en la forma, pudieran re-inventar el contenido para sorprender al "señor rating" y darle así vuelta al pastel. Pero...¿el sistema lo permitiría?