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Colombia
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Carlos Hoyos, aparte de ser un empresario
arriesgado y resuelto, que no se arredra ante
los proyectos más ambiciosos, y que busca, y por
lo general encuentra, soluciones para cualquier
obstáculo -así haya que inventarlas o
elaborarlas a partir de cero-, es ante todo un
fotógrafo de innato talento y ojo entrenado y
avizor. Hoyos ha producido imágenes no sólo de
indiscutible interés estético, sino
sorprendentes por sus meditados e inesperados
puntos de vista, por su equilibrio cromático y
compositivo, y también por su contenido, el cual
se ha referido con frecuencia a valores y
méritos del país, a sus riquezas y presencia, y
a rasgos que resaltan la idiosincrasia de sus
gentes.
Su obra ha hecho siempre gala de una especial
atención a la luz, sus reflejos y sus sombras,
entendiendo que la luz es la principal materia
prima de una fotografía análoga, como la que
prefiere trabajar, pero también que de la
luminosidad y nitidez de una imagen depende en
buena parte su atractivo. Su trabajo también
revela un especial cuidado en la justa
combinación de los diferentes elementos que
integran cada toma, en su proporción y en la
precisión de foco, así como en la calidad de la
impresión, buscando la excelencia en cada
circunstancia y cada paso de su elaboración.
Buena parte de su trabajo se halla concentrada
en el paisaje, es decir, en la naturaleza, tanto
selvática como agrícola, donde manifiesta una
especial agudeza para testimoniar por igual la
preciosidad de pequeñas áreas o de plantas, y la
majestuosidad de grandes territorios, el hálito
poético de recodos apacibles que invitan a la
introspección, y la espectacularidad de grandes
panoramas, que conducen a la contemplación y a
la comprobación de la sorprendente multiplicidad
de tonalidades que los integran.
Pero el paisaje citadino también se registra con
frecuencia en sus imágenes, resaltando detalles
que podrían pasar inadvertidos para fotógrafos
menos acuciosos o alerta, así como la
consistencia y estilo de las construcciones y el
sentido del ordenamiento urbano.
Igualmente, la combinación de la naturaleza con
la obra del hombre resulta destacable en su
producción, en la cual se establece un fecundo
contraste entre los prodigios naturales y la
recursividad humana, entre la magnanimidad del
planeta y las inagotables posibilidades del
intelecto. En ambos casos, los valores
inherentes al medio fotográfico colaboran en la
consecución de balance y armonía. Lo anterior
resulta fácilmente comprobable en el presente
volumen, en el cual Hoyos ha conformado una
especie de memoria o de catálogo del país, para
promover, a través del registro de algunos de
sus lugares más impactantes o más sugerentes,
sus posibilidades como locación fílmica. Para
lograr este cometido, Hoyos ha utilizado en
ocasiones el pequeño helicóptero inventado por
él, al que ha adaptado cámaras tanto de cine
como de fotografía, que manipula por control
remoto y gracias a las cuales puede testimoniar
todo tipo de situaciones, construcciones o
panoramas dentro de perspectivas totalmente
inéditas.
Pero el fotógrafo, además, ha tenido presente
que los lugares escogidos se presten para la
narración cinematográfica, es decir, que sean
aptos para el desarrollo de secuencias o de
acciones, y ha acudido a una película de las
mismas características de las que se utilizan en
la cinematografía, para hacer explícitas las
ventajas que ofrecen las distintas regiones del
país en esta materia. Asimismo, ha sometido sus
imágenes al laboratorio digital para balancear
los colores intensificando o disminuyendo su
saturación, y para dimensionarlas de acuerdo con
la conveniencia de la locación o de la toma.
Podría decirse que Hoyos, como un buen número de
pintores contemporáneos, parte de la relativa
objetividad que se facilita alcanzar por medio
de la cámara, para aportarle consideraciones
subjetivas, preferencias y apreciaciones que no
sólo hacen elocuentes los registros en relación
con el propósito de este libro, sino que
redundan en la definición y particularidad de un
estilo fotográfico propio e inconfundible.
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