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Reminicencias de Nuestra TV
Por Javier Santamaría
“Recordar es vivir” dicen por ahí y en está
oportunidad tratare de desplegar someramente los
recuerdos que me quedan de aquella televisión de
antaño, la de mi generación, por la que hoy, es
inevitable no experimentar nostalgia y cierta
añoranza.
Si bien es cierto que nuestra televisión ha ido
evolucionando gradualmente logrando mantener aún una
identidad propia, pese a la influencia de las
distintas vertientes que hoy mueven el medio a nivel
mundial, y se logra ubicar entre una de las mejores
de Hispanoamérica, me atrevo a afirmar que la
televisión de mi generación es inolvidable.
Es muy probable que haga está afirmación basado en
el auge y florecimiento que entre las décadas de los
ochenta y noventa alcanzó la pantalla chica en todo
sentido y que fundamento un sello inconfundible de
hacer televisión.
Sentarme hoy frente al televisor me obliga sin
proponérmelo hacer un paralelo entre lo que se veía
hace veinte años y lo que hoy ve la actual
generación, la que a lo mejor no tiene la menor
referencia del trabajo desarrollado por aquellos
pioneros empíricos del medio, hace más de cincuenta
años y que forjaron una descendencia de
profesionales supuestamente comprometidos en
mantener el estandarte legado.
En aquel tiempo en lo que al genero melodramático se
refiere, surgió la necesidad de explorar otras
temáticas distintas a la clásica historia de la
empleada domestica enamorada del niño rico que aún
sigue explotando el culebrón extranjero. Directores
y libretistas osaron darle una nueva cara a la
telenovela clásica y fue asi como finalizando los
setenta se arriesgaron primero a adaptar obras de la
literatura hispanoamericana con mucho acierto: “La
tregua”, “La tía Julia y el escribidor”, “La mala
hora”, “Los Premios”, entre otras, para luego
meterse en el genero de la telenovela costumbrista,
un retrato fidedigno de nuestra idiosincrasia que
calo a lo largo y ancho de nuestra geografía con
títulos como: “Quieta Margarita”, “El Divino”,
“Música maestro”, “San tropel”, “La casa de las dos
palmas”, “Caballo viejo”, a imponer el formato del
seriado: “El siete mujeres”, “Jeremias mujeres
mías”, “Puerto amor”, “Oro”, “La otra mitad del
sol”, “Tiempos difíciles”, “Cuando quiero llorar no
lloro” (Los Victorinos) y a engolosinar al
televidente con miniseries de factura
cinematográfica como “Maten al León”, “ La mujer del
presidente” y otros muchos títulos que pusieron de
manifiesto que se podía hacer televisión de calidad,
a la altura de las grandes productoras mundiales.
Los días domingos la cita ineludible para la familia
era ver, la comedia “Don Chinche“ y El cuento del
domingo”, espacio que por su variedad y excelencia
mantuvo siempre el liderato, se importaron libretos
brasileros que con una buena adaptación
compenetraron a la tele audiencia con aquellas
historias extractadas de la vida misma, con
personajes de carne y hueso, alejados de los
estereotipos acostumbrados y que sirvieron para
edificar en parte los pilares de la actual
telenovela colombiana, la de ruptura, también de
reconocimiento mundial.
En cuanto a las comedias “Don Chinche” , “Dejémonos
de vainas” y “Vuelo Secreto”, no en vano se
mantuvieron tantos años en la pantalla gracias a ese
humor simple y cotidiano, el vernos retratados de
una u otra manera de manera jocosa se constituía en
un atractivo gancho que nos encariño con cada uno de
esos personajes, que distan mucho, pero mucho de las
comedias que hoy se hacen con un humor artificial,
adaptado a fuerza de una cultura ajena como es el
caso de “Casados con Hijos”, “Quien manda a quien”,
que para colmo vienen con risas grabadas.
Quien no recuerda todas o la gran mayoría de las
historias de misterio, intriga y amor que el señor
Julio Jiménez creó para nuestro deleite, un
libretista para quien el castellano ha sido un
valioso instrumento de trabajo explotado a través de
los diálogos viscerales de sus personajes,
criticados por su mal llamado emperifollamiento,
pero que de alguna manera enseñaban al televidente
la riqueza de nuestro idioma.
De igual manera el desaparecido Bernardo Romero
Pereiro demostró que el melodrama podía trascender
la liviandad fatua e insulsa de las historias
cenicientas y abordar dramas de familia,
problemáticas reales, vivenciadas o asimiladas del
entorno que marcaron un hito en la televisión
hispana: “Señora Isabel” (Mirada de mujer), “La vida
en el espejo”. Demostró de igual manera que el humor
y el realismo mágico conjugaban perfectamente en la
pantalla chica: “Las Juanas” y “Momposina” son clara
muestra.
Ni que decir de los programas de variedades como
“Compre la orquesta”, “Concéntrese”, inolvidables
principalmente por esos maestros de la presentación
como lo son Julio Sánchez Vanegas y el querido
Fernando González Pacheco(único e insuperable),
cuanto aprendimos todos en “Naturalia” de la mano de
la primera dama de la TV Doña Gloria Valencia de
Castaño.
En materia de espacios infantiles “Pequeños
Gigantes”, “Los Dumis”, “Imagínate” y “Oki Doki”
mandaban la parada y de la que surgieron gran parte
de los actores, actrices y artistas de hoy en día,
aunque actualmente espacios calificados como
infantiles solo existen dos: “El Club diez Caracol”
y “Bichos Bichez” considero que estos se ajustan
medianamente a las necesidades de la actual
generación nacida en la llamada confluencia de
medios.
En materia de musicales que para bien o para mal
prácticamente se extinguieron en nuestra televisión
y nadie le apuesta ya a este genero, más que el
señor Jorge Barón en su travesía popular por las
veredas y pueblos de Colombia y uno que otro locutor
radial presentando sosamente videos musicales,
formula de la que fue pionera y de una manera
peculiar y amena la señora Lina Botero con su
inolvidable espacio “Los diez mejores de la música”
(adorable con el tic de sus ojos burlones).
Lastimosamente nadie más le volvió a apostar a la
serie histórica, y es inexcusable, ya que las nuevas
generaciones necesitan mantenerse empapadas de todos
esos hechos y personajes trascendentes que la
forjaron y que algunos de nosotros pudimos disfrutar
con la serie “Revivamos nuestra historia”.
Cabe mencionar como ha acaparado audiencia en
argentina la telenovela “Montecristo”, basada en el
argumento esencial de esta obra clásica, pero
ambientada en el contexto histórico de la dictadura,
más de tres millones de televidentes la siguen paso
a paso cautivados por el interés de conocer los
antecedentes de este pasaje histórico que marco
profundamente ese país.
En Colombia fue tal vez la miniserie “Las Ibáñez”,
la ultima producción que se hizo en este
menospreciado genero, bajo el pretexto de los altos
costos que implica producir una telenovela o serie
de época.
Son tantas cosas que se extrañan actualmente en
nuestra televisión que bien podría concluirse que
“tiempos pasados fueron mejores”, pero hay cosas
positivas como el posicionamiento del melodrama de
ruptura, la consolidación de la llamada
telenovela-comedia, la internacionalización de
nuestro talento y lunares como la sobre explotación
de la llamada “Televisión real” que poco o nada
aportan al televidente, la proliferación de actores
prefabricados que han relegado en gran manera a los
actores de escuela, el retroceso marcado que durante
seis años ha tenido la telenovela colombiana con la
aparición de producciones que pretenden gestar la
llamada “telenovela homogénea universal” y que
atenta flagrantemente contra su identidad.
Cuando la televisión era publica y encargada a
programadoras independientes, cada una de ellas se
esforzaba por brindar lo mejor de cada una; con la
aparición de la televisión privada estamos
supeditados a un monopolio en el que imperan los
designios de estos zares de la televisión, unas
veces acertados y otras tantas totalmente
influenciados por un contraproducente interés
mercantilista, sin el cual obviamente no podrían
subsistir.
Nadie se opone a que nuestra televisión vaya a la
vanguardia mundial, pero es esencial que mantengamos
intacta nuestra idiosincrasia, que sigamos siendo
osados en materia de telenovelas, que se vuelvan a
ser miniseries históricas, seriados con contenido y
por favor que se respete el talento y no se le dé
holgura a todos estos patrones frívolos y
estereotipados que engatusan a nuestra juventud.
Si bien la televisión es sinónimo de entretenimiento
y esta ocupa un lugar importantísimo en nuestro
hogar, es primordial enfocar su contenido con
responsabilidad y darle prioridad al rescate de los
valores, a la unidad familiar, a llevar información
fidedigna e imparcial, a que los televidentes tengan
una verdadera participación y la llamada “televisión
interactiva” no limite a sacarles la plata del
bolsillo y su voz, quejas y opinión se escuchen y
sean tenidas en cuenta en horario digno y no
relegada a los mini espacios de la “Defensoría del
televidente” al rayar la madrugada. Al fin de
cuentas todos podemos vivir sin televisión, pero
esta no existiría sin ustedes mis apreciados
televidentes. |