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Telenoveleros
Por Javier Santamaría
Colombia, nuestra bella y malquerida patria, tierra
de cuyas entrañas brota el café más excelso del
mundo, las esmeraldas más apetecidas y es cuna de
grandes hombres: literatos, artistas, intrépidos
deportistas, cerebros fugados, así mismo de rebeldes
con su causa e hijos descarriados amigos de la
fortuna fácil, y que en conjunto entretejen el día a
día de este paraíso privilegiado por el Todo
Poderoso, se destaca desde hace un lustro como una
nueva potencia en la producción de telenovelas para
el mundo.
La madre patria literalmente se encuentra hoy bajo
el total embrujo de lo que ellos mismos un día
tildaron despectivamente como “Culebron”, al
referirse en especifico al melodrama televisado que
cuenta una historia de amor cursi y rosa. Un género
menospreciado que, pese a todos sus detractores, se
ha mantenido incólume y soberano a lo largo de estos
cincuenta años, apasionando generación tras
generación, como único y económico divertimiento
para las grandes masas de la América, donde habitan
esos sudacas que hoy emigran a la Península Ibérica
en busca del sueño español.
Las hay mexicanas, que repiten hasta el cansancio la
clásica historia de la cenicienta que sueña con su
príncipe azul y su única meta en la vida es el
matrimonio. Están las brasileras abordando siempre
propuestas arriesgadas con las que han explorado mil
y una temática, impecable factura y personajes de
carne y hueso, pero con la desventaja del idioma;
por ultimo las Colombianas, autenticas, osadas, de
excelente factura replica de las cariocas y pionera
al impregnar sus historias con humor y realismo
mágico. EL resto son el resto...
Es la telenovela un producto de exportación que en
países como México, Brasil Y Venezuela han generado
divisas a la par del petróleo, se manufacturan en
televisoras que cuentan con una descomunal
infraestructura y su propia constelación de
estrellas. En Colombia, nuestra industria de
culebrones aun es discreta, no se producen a la
misma escala de los monstruos de Televisa y OGLOBO,
pero con su característico e inconfundible sello han
logrado significativa penetración en los mercados
del mundo y nuestros actores, sin pecar de
presuntuosos, se ubican en primer lugar entre los de
América latina.
Muchos han pretendido cerrarle el camino a la
telenovela Colombiana bajo la pantomima de la
coproducción, estrategia malsana con la que se han
clonado extraños híbridos que amenazan con
preocupante indolencia su autenticidad. Único punto
a favor: el hecho de que nuestras estrellas criollas
sean reconocidas internacionalmente. Algo harto, que
los obliguen a hablar con acento mexicano ( Dizque
“neutro”).
El género de la Telenovela por muchos años se
consideró como un producto hecho en exclusivo para
las mujeres: Amas de casa y empleadas domésticas
esencialmente. Nuestras bisabuelas y algunas abuelas
no disfrutaron a sus anchas del melodrama llevado a
la televisión, pero tuvieron a su alcance un género
igualmente apasionante: La radionovela.
A través del radio transistor, o los vetustos
aparatos de tubos, ellas echaban a volar la
imaginación escuchando aquellas hermosas voces,
acompañadas de sonidos muy reales, y la
característica impecable narración, que de inmediato
las transportaba a mundos de ensueño y fantasía, de
la mano de historias como “El derecho de nacer”,
“Renzo el Gitano”, “Amalia Batista” y muchos otras.
Durante más de una década las cadenas radiales
Todelar y Caracol recrearon con mucho éxito las
misteriosas y románticas historias de Fulvio
González Caicedo (q.e.p.d.) como: “Los cisnes
azules”, “Ladrones de niños”, “El hombre de las
valijas negras” por mencionar solo algunas y las de
aventuras como “Kalimán” y “Arandú” para el consumo
de los señores que no le perdían pie ni pisada a
estos, sus grandes héroes( Gaspar Ospina y Carlos de
la Fuente en la vida real).
La masificación de la televisión y el arraigo de la
telenovela termina irremediablemente desplazando a
la radionovela. A través de la pantalla chica, en
blanco y negro, ese mágico mundo toma forma y rostro
por primera vez.
Telenovelas hechas en vivo, siempre en interiores y
sin ningún derecho a equivocarse, su arma para salir
abantes: la capacidad de improvisación.
Galanes como Julio César Luna y Mauricio Figueroa,
se convirtieron en los amores platónicos de todas
las damas, y actrices como Judy Henríquez, Raquel
Ercole, Lucero Galindo y Rebeca López, en los
símbolos sexuales de los señores de la época,
quienes como cosa rara sostuvieron socarradamente a
capa y espada ( como hasta hace poco también lo
hicimos nosotros) que los hombres “dizque” no somos
telenoveleros, una premisa socarrada y apoyada en el
moderno cuento de que lo nuestro es exclusivamente
el Fútbol, Canal SPN o el nuevo Canal FX, “lo que el
hombre ve”. Era considerada una verdadera afrenta a
nuestra virilidad que nos pillaran viendo una novela
o confesar entre tragos que vimos “Betty la fea” o
“Café con aroma de mujer” con la misma disciplina
que nuestras mujeres.
Pero Digamos lo que digamos, critiquen lo que
critiquen, hoy por hoy el hechizo de la telenovela
ha cautivado a Raymundo y todo el mundo, es un
fenómeno mundial, es más, nuestro vicepresidente se
confiesa sin vergüenza seguidor de la exitosa
telenovela-comedia “Los Reyes” y ni que decir del
territorio Español, donde Su Alteza la Reina Sofía y
las infantas se declaran fans numero uno del
culebrón “Pasión de Gavilanes” a cuyos
protagonistas, símbolos sexuales del nuevo siglo,
les han brindado recibimiento dignos de mandatarios
de Estado, han aparecido en toda clase de revistas,
diarios, programas de entrevistas y sus disco se
vende como pan caliente.
En pleno año 2005, a todo color, en pantallas
convencionales o de plasma, de hasta 46 pulgadas,
técnica digital o con alta definición, la cajita
mágica sigue reinando en los hogares del tercer y
primer mundo de la mano del culebrón, pero ahora con
toda la técnica cinematográfica, convertida en una
verdadera ventana de escape para este agitado mundo,
al que algunos les gustaría que fuese como una
simple telenovela rosa. |
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