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El cine colombiano se hunde lentamente entre los
sueños y la realidad
por Julio
Luzardo
"Los
sueños, sueños son" decía sabiamente
Calderón de la Barca, pero las estadísticas
cinematográficas de hace algunos años, nos señalaban que "soñar no cuesta nada" y
podiamos
vociferar a los cuatro vientos que "lo que no nos
cuesta, hagamoslo fiesta!".
Sin embargo, como todo
pasado fue mejor y nada dura para siempre,
el precario estado económico del cine colombiano se
acabó de desmoronar en los últimos dos años y ha entrado inexorablemente a
la sala de cuidados
intensivos, de donde nadie se
atreve a adivinar su incierto futuro.
Los hábiles cortinas de humo
de las fuentes oficiales
pregonan a diestra y siniestra
todos los espectaculares premios que está
ganando el cine colombiano
en festivales de cine alrededor del mundo para crear un
ambiente falso de gran prosperidad y a la vez tapar
la verdadera y trágica realidad
de una industria que no despega,
que pierde más de lo que
gana y agoniza ante la
indiferencia de los burócratas que no ven más allá del
último número
del boletín de Pantalla Colombia o de
Locación Colombia de la Comisión Fílmica
Colombiana, donde colocan al país como si
fuera el primer destino de la producción
cinematográfica mundial.
Las últimas
estadísticas lo dicen todo
El año
2009 fue excepcionalmente bueno para el cine en
Colombia... o mejor dicho, para el cine de Hollywood
en Colombia, porque para ser sinceros al cine colombiano le fue como
los perros en misa. Nos complace mucho saber que
varias películas hicieron más de un millón de
espectadores en el país y una de ellas logró
sobrepasar la cifra
mágica de los 2
millones de espectadores, que es una cifra que no se había vuelto a
ver desde los años '70 y '80. A su vez, Avatar rompió
todos los records que se conocen en el país
y le ha generado a sus productores entradas
por $13.473.771 dólares en Colombia desde su estreno hasta el 21 de Marzo de
2010.
Las
estadísticas del reciente mes de Enero del 2010
demuestran que el público colombiano está visitando
las salas de cine como nunca antes en los últimos
diez años. Es significativo que en sólo cuatro años se
han duplicado las entradas
y se espera que las cifras sigan creciendo durante el presente
año.
Como es
de esperar, las cifras recaudadas por el FDC,
gracias a la Ley de Cine 814, reflejan claramente la
línea ascendiente de asistencia a cine del público
colombiano en los últimos cuatro años, ya que los
valores se rigen por el total de la taquilla, que
depende en su mayoría del cine gringo.
Desafortunadamente este panorama,
esperanzador
en el sentido de las grandes posibilidades de buenas
taquillas para el cine en el país,
desaparece cuando del cine
colombiano se trata. Ante esta realidad
inconfundible, nos preguntamos ¿qué está pasando?
Arte vs.
comercialismo
En la
reciente repartición de los Oscares de Hollywood,
vimos la clásica confrontación del gran dilema del
cine: ¿arte o taquilla? ¿ser o no
ser? ¿Avatar
o Zona de Peligro? La Academia tomó su decisión
y el público también.
En cierta forma, como el excelente ejemplo del agua
y el aceite. Por eso Zona de Peligro se llevó todos
los Oscares importantes y Avatar, que
recibió migajas, se reconfirmó
como la película más taquillera de la
historia del cine. Los resultados son claros: los premios, a la larga, no le
significan nada al público general y hasta pueden ser
dañinos para el mercadeo de una producción
cinematográfica. Por eso Zona de
Peligro ha sido una cinta con muy baja taquilla,
seguramente no va a cubrir su costo de producción
y ni siquiera los premios de la Academia le
sirvieron de mucho.
Sólo
se necesita recordar dos casos específicos del cine
colombiano para comprobar esta incongruencia: el
primer caso es el de Confesión a Laura,
que se considera la película más laureada
internacionalmente del cine nacional y La
Historia del Baúl Rosado, que recibió todos
los premios posibles de convocatorias habidas y por
haber. Sin embargo, ninguna de las dos películas
logró más de 20.000 espectadores en Colombia, que es
una cifra francamente mediocre. Más o menos lo mismo
le ha pasado a otras películas ganadoras de premios
internacionales; tanto que una parece negar la otra.
El único caso contrario ha sido el de la nominación
de Catalina Sandino para el Oscar de la Academia de
Hollywood, que le generó unas muy buenas entradas
adicionales a María Llena Eres de Gracias,
pero al fin y al cabo esos eran los Oscares y la
producción era más norteamericana que colombiana...
El talón de Aquiles del cine colombiano
El gran problema del cine nacional siempre ha
sido la falta de rentabilidad, que ha incidido
directamente en la falta de continuidad de los que
nos hemos dedicado a este oficio. Nuestro pan de
cada día es hacer una
película cada 10 o 20 años, quebrarnos o
quedarle debiendo a medio mundo, no poder vivir
dignamente de la profesión, esperar eternamente
ese premio que va a ayudarle a despegar con otro
proyecto sin muchas esperanzas de financiación y
mucho menos de recuperación, etc., etc. No es un
futuro muy promisorio para nadie y mucho menos
para cimentar las bases de una industria. Esta
lección la sabemos de memoria, pero siempre
guardamos la ilusión que cada nuevo proyecto
puede lograr el "milagrito" y ese fue el
espejismo que se creo al iniciar con la nueva
Ley de Cine. Sin embargo, la realidad nos quita
el vendaje de los ojos y podemos ver que
definitivamente "los sueños, sueños son..." Pero
hay un punto determinante en todo este drama y
es el ser y no ser entre el arte y el comercio.
Y hay otro punto aun más importante: reconocer
la diferencia entre los dos.
En una significativa
entrevista de hace algunos años el historiador
de cine colombiano, Hernando Martínez Pardo,
resumió que el problema principal de nuestra
cinematografía no era necesariamente técnico,
artístico o falta de recursos, sino un tremendo
distanciamiento entre los realizadores
nacionales y su público. Eso ha sido una
constante siempre y seguirá siendo el talón de
Aquiles de nuestro cine.
Y para colmo
de males, los únicos que se han atrevido a
romper ese esquema mental,
Gustavo Nieto Roa
y Dago García, son vistos como
unos mediocres del medio que no saben hacer sino
cine comercial desdeñable. Sin embargo,
desconocen que esos
dos realizadores han hecho más
cine que todas las “vacas sagradas” de nuestra
cinematografía juntas y han logrado el milagro
de tener continuidad y respaldo del público en un medio que se destaca
por su gran falta de constancia y dedicación.
El cine es
demasiado costoso para ser un simple “hobby” o
el sueño dorado de un recién graduado de alguna
escuela de cine, que sólo aspira a ganarse la
próxima convocatoria del FDC o de Ibermedia para
ver sus aspiraciones coronadas. En pocas
palabras, el cine es una industria y un negocio,
así le duela reconocerlo a muchos.
Además, es un negocio supremamente riesgoso donde más del
80 al 85% de las pantallas y del público mundial
ya le pertenecen
de "motus propio"
a Hollywood desde hace
muchísimos años y cada día es más difícil y
competido entrar a ese pequeño nicho del 15 al
20% que dejan de sobrante insignificante
los grandes
estudios y sus maquinarias multimillonarias.
El desprecio
de lo comercial
El
distanciamiento del cine colombiano y su
público, combinado con el desprecio de todo lo
que tenga que ver con la televisión colombiana y
sus actores, se nota en las producciones
que están en realización en este momento o
listas para exhibir. Sólo basta ver el flamante
archivo en Acrobat que adjuntó la Comisión
Fílmica al último boletín de Locación
Colombia referente a las 21 películas de
largo metraje que supuestamente están "en
producción" en el momento. Todos estos proyectos
le deben su vida a los premios recibidos del FDC
en los últimos tres años y a los jurados que los
seleccionaron. En general, con unas muy pocas
excepciones como las de Edificio Royal
y El Páramo que pueden tener
algunas posibilidades de taquilla, después de
leer las sinopsis y las opiniones de los
directores, se puede ver claramente que casi
todas las películas reseñadas tienen muy poco
atractivo comercial y desgraciadamente pueden
terminar repitiendo las entradas de El
Vuelco del Cangrejo y El Amor y
Otros Demonios. Lo que más sorprende de
esta lista son los presupuestos millonarios que
las acompañan, donde casi todas las cifras van
por encima de los 2.000 millones de pesos. O los
presupuestos están inflados para impresionar a
los incautos jurados o los ganadores no se han
dado cuenta de la cruda realidad del cine
colombiano o creen que con premios de segunda en
festivales de tercera van a poder sobrevivir con
sus sueños inalcanzables. Algo definitivamente
anda mal, huele a rancio y el futuro se ve color
de hormiga.
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